No es la primera vez ni será la última que, frente a un hecho de gran relevancia pública, brotan teorías conspirativas. Ejemplos abundan: ¿La muerte de la princesa Diana fue un accidente causado por su intento de huir de los paparazzis o fue el resultado de un complot de la familia real británica? ¿Neil Armstrong realmente caminó sobre la Luna o esto fue una creación cinematográfica? ¿El atentado del 11 de septiembre fue ejecutado por Bin Laden o formó parte de una trampa del gobierno de Estados Unidos? ¿Yabrán efectivamente se suicidó o todo fue un montaje para esquivar a la Justicia?
Casi todo evento significativo en la cultura moderna parece tener asociada su respectiva teoría conspirativa. Es incuestionable que resultan historias fascinantes que atrapan a un gran número de personas, las cuales las consumen, debaten y ayudan a propagarlas. En esta era de redes sociales, donde la relevancia se mide a través de la cantidad de visualizaciones y de ‘likes’, las teorías -sean más o menos plausibles- se convierten en contenidos diseñados a medida del entorno digital.
El riesgo que comportan es la desinformación, la cual puede tener un impacto profundo y prolongado en la vida social. Por poner un ejemplo concreto: el psicólogo social británico Patrick Leman sostiene que “hay encuestas que han revelado que el 20 por ciento de los afroamericanos creen que el VIH fue creado en un laboratorio por el gobierno de Estados Unidos para restringir el crecimiento de la población negra”. Aquellos que se adhieren a esta teoría son generalmente más escépticos respecto a los mensajes gubernamentales en salud que afirman que los preservativos son efectivos para prevenir la transmisión del sida.
Un fenómeno similar se evidenció durante la pandemia de Covid, periodo en el cual las teorías conspirativas proliferaron acerca de cómo el virus se originó en China y luego se diseminó por todo el mundo, así como supuestos efectos colaterales indeseados de las vacunas. En este contexto, al igual que con la teoría sobre el VIH, esas desconfianzas infundadas terminaron alimentando movimientos antivacunas y la renuencia de una parte de la población a inmunizarse contra la enfermedad, atrapados en las redes de estos temores.
Pero, ¿qué es lo que se necesita para elaborar una teoría conspirativa? Según Leman, hay varios elementos indispensables. En primer lugar, un acontecimiento de gran importancia; en segundo, información cuidadosamente seleccionada que se pueda hilvanar para construir una narrativa que suene convincente; y, por último, fomentar la incertidumbre -donde las redes juegan un rol crucial- ampliando exponencialmente el círculo de supuestos conspiradores.
En el caso de la reciente final del Mundial, el evento deportivo, al concluir, fue objeto de un ataque de datos supuestamente extraños que pretendían minar la confianza en la versión oficial, que afirmaba que España había ganado a Argentina de manera legítima. Así comenzaron a circular distintas piezas del rompecabezas: imágenes del precalentamiento de Messi, quien no logró acertar al arco en ninguna ocasión; la arenga al equipo antes del primer tiempo que se viralizó con el mensaje “olvídense de todo”; y la exhortación previa al segundo tiempo por parte del
















