Actualmente, esta manzana no solo alberga ese convento y la iglesia que se construyó en su cercanía, sino que también es el sitio del ambicioso proyecto que la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días -comúnmente conocida como mormona- ha planeado. Este proyecto abarca 14,500 metros cuadrados de construcción, que incluirán un imponente templo, espacios de oficinas y un extenso nivel subterráneo, principalmente destinado a estacionamientos.
El reciente fallo del Poder Judicial porteño ha revocado una orden cautelar que había detenido el avance del proyecto. Sin embargo, las voces en contra de esta construcción de gran magnitud, situada a escasos metros de dos edificios que han sido declarados Monumento Histórico Nacional y que se encuentran en un Área de Protección Histórica, continúan levitando en el ambiente.
El Monasterio de Santa Catalina de Siena fue el primer convento destinado a mujeres en Buenos Aires. La construcción de este espacio y la iglesia consagrada a esa misma santa se inició en 1738, lo que representa casi tres siglos de historia. Se eligió esta ubicación por ser una zona segura de una ciudad que, en aquel entonces, era significativamente más pequeña. La elevación topográfica del área contribuía a evitar inundaciones del cercano Río de la Plata.
Asimismo, su proximidad a la Plaza Mayor, el centro neurálgico de la vida cívica porteña, y la fachada orientada a la antigua Calle de la Catedral, hoy San Martín, fueron factores determinantes en su elección. La iglesia y el convento abrieron sus puertas en 1745, disponiendo de celdas para cuarenta monjas de clausura. Inicialmente, las hermanas de la congregación catalina habitaron el lugar, seguidas por las dominicanas. Estos edificios proporcionan un valioso vistazo hacia la ciudad antes de la creación del Virreinato del Río de la Plata y más de medio siglo antes de la Revolución de Mayo.
El convento también sirvió como un hospital improvisado para atender a los heridos de las Invasiones Inglesas, particularmente durante la segunda invasión en 1807. En esa ocasión, fue ocupado por las tropas británicas, siendo posteriormente reconquistado por los criollos. Los palos borrachos del jardín central, un oasis de tranquilidad en medio del bullicioso centro porteño, cuentan con más de un siglo de historia.
Además de la iglesia y el convento, esta manzana albergó dos cementerios donde fueron sepultadas las religiosas que vivieron allí. A medida que pasaba el tiempo, esos terrenos fueron vendidos y la manzana comenzó a fragmentarse. Sin embargo, el templo católico y el monasterio se mantienen en pie, contando con la rica historia de la ciudad.















