Ambas discusiones avanzan simultáneamente. Una de ellas se orienta a asegurar a los mercados que la Argentina cumplirá con sus compromisos financieros sin complicaciones durante el año electoral que se aproxima. La otra busca convencer a gobernadores y aliados sobre la conveniencia de eliminar o suspender las PASO, al tiempo que se amplía la base de apoyo político del oficialismo.
Estos dos frentes no son independientes; forman los pilares en los que Milei comienza a cimentar su estrategia para la elección presidencial de 2027.
Tras un año y medio enfocado en la estabilización económica, la reducción de la inflación, el ordenamiento de las cuentas públicas y la implementación de reformas en un Congreso sin mayoría absoluta, el Presidente inaugura una nueva etapa en su mandato. Si bien el objetivo económico se mantiene, las prioridades políticas han comenzado a reconfigurarse.
Hasta hace poco tiempo, la construcción del poder del libertarismo se centraba en la consolidación de La Libertad Avanza como una fuerza nacional con identidad propia, incluso aunque eso significara competir con gobernadores y dirigentes alineados al Gobierno en el Congreso. Sin embargo, esa lógica ha cambiado.
La reciente jura de Diego Santilli como nuevo jefe de Gabinete marcó el primer hito de esta nueva fase. Los trece gobernadores presentes en la ceremonia en la Casa Rosada no sólo asistieron para respaldar al nuevo funcionario, sino que también se buscó enviar un mensaje tanto interno como externo: el segundo tramo del mandato exigirá más consensos políticos que el primero.
Esta imagen se repetirá parcialmente esta semana; el miércoles, Milei viajará con su Gabinete a San Miguel de Tucumán para participar de la vigilia por el Día de la Independencia, nuevamente junto a varios gobernadores, reforzando la idea de una renovada relación con las provincias.
Este cambio no implica un abandono de la confrontación que caracterizó gran parte de su gestión inicial, ni una renuncia a su identidad libertaria. Significa, en cambio, aceptar que un potencial segundo mandato requerirá una mayoría política más extensa que la actual.
Santilli resumió esta nueva dirección al afirmar: “En la etapa que viene, los colores no definen. Lo que va a definir el futuro es si volvemos para atrás o seguimos para adelante.” Esta declaración está dirigida a actores clave como gobernadores del PRO, radicales, partidos provinciales y ciertos sectores del peronismo que observan con preocupación la tensión interna entre Axel Kicillof y el kirchnerismo.
En este marco, la conversación sobre las PASO ya no se considera una simple reforma electoral, sino un componente esencial en la estrategia hacia 2027. Desde el Gobierno reconocen que necesitan negociar con gobernadores que concentran gran parte del poder en el Senado, cuya función ha trascendido el simple voto de leyes.
La primera prueba de esto será el miércoles, cuando Victoria Villarruel convoque a una nueva reunión de Labor Parlamentaria en un Senado donde el oficialismo no controla los tiempos políticos. Con la vicepresidenta manteniendo una relación distante con Milei, la Cámara alta ha mostrado en semanas recientes que puede construir una mayoría capaz de influir en la agenda oficial.
Ante esta situación, en el Gobierno consideran que será complicado avanzar con una sesión ya que varios senadores han anunciado que no estarán en Buenos Aires, lo que una vez más reiterará que los proyectos prioritarios dependerán del resultado de las negociaciones políticas.
Esta dinámica explica en parte el cambio de enfoque. La resistencia de los gobernadores no puede abordarse únicamente con discursos confrontativos; requiere de acuerdos.
La eliminación de las PASO trata además de capturar un objetivo más ambicioso. La principal motivación de esta decisión no son los gobernadores, sino el peronismo. Cristina Kirchner ha quedado fuera de la competencia electoral tras su condena y la inhabilitación perpetua para ejercer cargos, mientras Kicillof avanza con su proyecto presidencial y Máximo Kirchner busca mantener el liderazgo de la ex presidenta y la relevancia de La Cámpora.
Los gobernadores, intendentes y otros sectores del partido observan esta lucha sin definir aún quién liderará el peronismo en la fase posterior a Cristina. En este contexto, las PASO son el único mecanismo que puede organizar esta interna. Sin primarias, el conflicto se trasladaría exclusivamente al ámbito de la negociación política entre los diferentes sectores del justicialismo.
Desde la Casa Rosada, creen que esa situación favorecería al oficialismo, ya que complicaría la reorganización del principal espacio opositor y abriría oportunidades para atraer a dirigentes peronistas que, insatisfechos con la conducción kirchnerista, buscan conservar su poder territorial sin ser arrastrados en la lucha de liderazgo.
La segunda parte de esta negociación implica que el Gobierno no necesariamente espera que estos dirigentes se sumen oficialmente a La Libertad Avanza. La Boleta Única de Papel permite concebir una ingeniería electoral distinta, donde la candidatura presidencial de Milei podría coexistir con listas legislativas de gobernadores o fuerzas provinciales, cada una manteniendo su propia identidad política.
Este cambio conceptual fue sintetizado por Santilli al afirmar que “los colores no definen”. Pero antes de abordar la negociación con gobernadores y otros actores, Milei comenzó por organizar su propia política.
Esta reestructuración se había iniciado mucho antes de que Santilli asumiera como jefe de Gabinete. La decisión de no abrir nuevos frentes internos se reflejó en una medida que pasó casi desapercibida fuera del oficialismo, pero que para la Casa Rosada forma parte de esta nueva etapa. Tras las tensiones generadas por la salida de Manuel Adorni de la Jefatura de Gabinete y por la abstención de Patricia Bullrich en la votación del pliego de la jueza María Verónica Michellini, el Gobierno optó por la contención en lugar de la confrontación.
Bullrich seguirá participando en la mesa política que se reunirá esta semana y mantendrá actividades con el equipo político que dirige Karina Milei en la Ciudad de Buenos Aires. Este cambio es significativo, dado que hace poco se pensaba que estas diferencias podrían culminar en una ruptura, pero ocurrió lo contrario: Milei y su hermana decidieron detener las disputas internas para evitar distraer energías en un momento de negociaciones externas.
Esta decisión también ayuda a comprender el nuevo reparto de funciones en el oficialismo. Karina Milei y Eduardo Menem siguen a cargo de las decisiones políticas; no hay otros contendientes en ese terreno. Sin embargo, la ejecución ha comenzado a distribuirse de otra manera. Santilli ha tomado la responsabilidad de la negociación política cotidiana; Adrián Ravier asumió la vocería presidencial con un enfoque más institucional; mientras que Fabián Fernández se encargará de coordinar una estrategia de comunicación que busque ordenar el mensaje del Gobierno en una etapa menos marcada por la confrontación permanente y más centrada en el establecimiento de acuerdos.
El centro de poder no ha cambiado, pero sí lo ha hecho la forma de gestionarlo. La señal más clara de este cambio es que el Gobierno ya no se ocupa solo de aprobar leyes o superar votaciones en el Congreso. Ahora comienza a discutir cómo construir una mayoría política que pueda sobrevivir al actual mandato.
Por ello, la semana que comienza adquiere una relevancia que va más allá de una agenda repleta de actividades oficiales. El lunes, Caputo y Bausili intentarán responder a una pregunta crucial en la antesala de un año electoral: de dónde provendrán los dólares para enfrentar los vencimientos de la deuda.
El mensaje se dirige a los mercados, pero también a la esfera política, dado que Argentina ha atravesado demasiadas campañas presidenciales enmarcadas por la incertidumbre económica como para desestimar esta discusión. La Casa Rosada busca demostrar que el Estado posee un programa financiero suficiente para asegurar el cumplimiento de los compromisos asumidos tanto en lo que resta de este año como en 2027. No se trata solo de presentar números, sino de instalar una noción de previsibilidad.
Desde el Gobierno consideran que esa previsibilidad es un activo político. Se espera llegar a las próximas elecciones con una economía en crecimiento, inflación controlada, una recuperación gradual de los ingresos, generación de empleo privado, un mercado cambiario estable y un esquema financiero que disipe las dudas sobre la deuda.
Esta discusión trasciende lo técnico; constituye la plataforma política desde la cual Milei aspira a cimentar su proyecto de reelección. Los antecedentes son pesados: desde 2015, ningún oficialismo ha logrado mantener el poder presidencial dentro de su propio espacio. El kirchnerismo fue superado por Daniel Scioli ante Mauricio Macri, mientras que éste último no pudo revalidar su mandato frente a Alberto Fernández. Y el Frente de Todos tampoco logró sostener la Presidencia con Sergio Massa contra Milei.
Las razones han sido diversas en cada caso, pero todos comparten un elemento común: la economía ha terminado pesando sobre la política. Milei busca romper esta secuencia, razón por la cual ha decidido trabajar de manera simultánea en ambos factores que considera fundamentales para llegar competitivamente a 2027: la política y la economía.
Mientras Santilli procura ampliar la base de sustentación del oficialismo y entablar negociaciones con los gobernadores sobre el futuro de las PASO, Caputo se enfoca en minimizar la incertidumbre financiera que suele surgir con la llegada de un año electoral. Ambas tareas están entrelazadas: una economía predecible facilita los acuerdos políticos, y una mayoría política más sólida refuerza la credibilidad del programa económico.
La vigilia por el Día de la Independencia en Tucumán volverá a evidenciar esta lógica: después de la imagen que dejó la jura de Santilli junto a trece gobernadores en la Casa Rosada, Milei volverá a compartir un escenario con mandatarios provinciales en un momento en el que el Gobierno debe reconstruir puentes sin renunciar al liderazgo.
El contexto no será trivial. Esta acción forma parte de una estrategia que ha comenzado a implementarse recientemente, y que busca demostrar que el oficialismo está dispuesto a negociar sin modificar su rumbo. El Presidente no ha abandonado su confrontación con el kirchnerismo, ni ha dejado de luchar en la batalla cultural que se ha convertido en un sello de su gestión. Lo que ha comenzado a hacer es diferenciar a sus adversarios de sus posibles aliados.
Este matiz explica gran parte de los movimientos ocurridos en las últimas semanas. El Gobierno ya no examina única y exclusivamente el próximo índice de inflación o la próxima votación en el Congreso. Ha comenzado a fijarse en el calendario de 2027, y desde esa óptica, cada decisión toma otro significado.
La eliminación de las PASO deja de ser meramente una reforma electoral y se convierte en una herramienta para reconfigurar el escenario en el que debe reestructurarse el peronismo. La negociación con los gobernadores deja de ser una necesidad parlamentaria y se integra en la edificación de una mayoría posible para un eventual segundo mandato. La presentación del programa financiero deja de ser solo un anuncio económico y se transforma en una señal de estabilidad para el año electoral.
Incluso los cambios en el interior del propio Gobierno responden a esta lógica. Santilli, Ravier y Fabián Fernández no han llegado con el fin de cambiar el rumbo de la administración libertaria, sino para implementar una fase distinta del mismo proyecto político. Durante el primer año y medio, Milei edificó poder distanciándose del resto del sistema político, y ahora ha comenzado a construirlo al seleccionar con quiénes está dispuesto a compartir parte de su camino. El objetivo que se fijó el 10 de diciembre de 2023 no ha cambiado; lo que sí ha variado es el método para alcanzarlo. Esta, probablemente, sea la novedad más significativa en la política de un Gobierno que ha comenzado a preparar el terreno para las elecciones presidenciales de 2027.
















