La magnitud del evento sorprendió incluso a quienes lo organizaron. Esto forzó a la clase política a prestar atención a un fenómeno que trasciende el ámbito del rock. La negativa del gobierno de Javier Milei a ceder la Casa Rosada o el Congreso para un homenaje oficial llevó a una negociación entre Axel Kicillof y Máximo Kirchner para llevar a cabo un tributo popular en Avellaneda. Mientras la dirigencia debatía sobre la logística y las implicancias del evento, una pregunta se imponía sobre todas las demás: ¿qué era lo que realmente estaba despidiendo esa multitud?
El fallecimiento del líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, que ocurrió el viernes pasado tras sufrir un ACV no traumático después de haber convivido con el Parkinson durante una década, volvió a poner en el centro del escenario algo que había estado disperso durante años: una comunidad extensa, abarcando varias generaciones, con sus propios códigos, símbolos compartidos, y una relación singular con la política.
Con el fin de comprender el significado de esta masiva movilización, se consultó a expertos como el sociólogo y antropólogo Pablo Semán, el ex secretario de Cultura Pablo Avelluto, el historiador Roy Hora y el filósofo Alejandro Rozitchner. Aunque desde diferentes perspectivas, los cuatro coincidieron en un punto: la despedida del Indio fue mucho más allá de lo musical y de las categorías políticas tradicionales de Argentina. La discusión se centró en tratar de descifrar los sentimientos que expresaba esta multitud y lo que revelaba sobre una sociedad en transformación, marcada por crisis de representación y nuevas maneras de identificación colectiva.
Pablo Semán estuvo presente durante las primeras horas del velorio. Caminó por el lugar como un seguidor más, pero también como un investigador que ha estudiado las transformaciones culturales y políticas en la Argentina reciente. Su primera conclusión cuestionó varias interpretaciones que surgieron tras el anuncio del fallecimiento de Solari.
“Era una multitud herida y al mismo tiempo inteligente en su reacción”, comentó. Lo que observó no coincidió con las lecturas que intentaron interpretar el fenómeno como una movilización política convencional o una demostración partidaria.
“Había mucha gente procesando el duelo”, continuó. “En cada pogo que se formaba, no había la intensidad de un recital. Era algo más autoconsciente y mesurado, ya que se estaban enfrentando a un tema que el sentido común respeta mucho, que es la muerte”.
Esta observación, aunque pudo parecer menor, resulta fundamental para entender lo que sucedió en Avellaneda. Para muchos, se trató de una multitud. Para Semán, fue una comunidad atravesando una vivencia colectiva de duelo.
“Si alguien está esperando concluir que aquí hay un partido político en formación, una rebelión o un 2001, eso es totalmente extrínseco a esta realidad”, afirmó.
Esta definición obligó a profundizar más. Si aquello no era una marcha política, ni un acto partidario, ni un recital, entonces, ¿qué era? La respuesta emergió en otra idea central en su análisis. “Los Redondos y el Indio formaron una comunidad de sentido”, resumió.
Este concepto ayuda a entender por qué la despedida reunió a personas tan diversas. Aquello que se congregó alrededor del féretro de Solari no era una organización, sino una comunidad edificada durante más de cuatro décadas en torno a una poética, una ética y una manera de ver el mundo.
“Frecuentemente se enfatiza el aspecto de la misa ricotera, la colectividad. Eso es cierto. Pero también mucha gente se sintió contenida, escuchada y redescubierta gracias a la propia poética del Indio”, explicó.
El mismo sentimiento se reflejó en el análisis de Pablo Avelluto. “Creo que el Indio Solari y Los Redondos fueron mucho más que una banda de rock. Representaron una forma de militancia o un punto de encuentro cultural para diversas clases sociales”, apuntó el ex secretario de Cultura. Esta afirmación fue notable, ya que destacó una de las características más destacables del fenómeno: su naturaleza policlasista.
En una Argentina cada vez más fragmentada por ingresos, consumos, identidades políticas y experiencias sociales, el universo ricotero mantuvo una capacidad de convocatoria excepcional.
“Había pluralidad social. No hay muchos eventos policlasistas en la Argentina contemporánea. Este es uno de ellos”, observó Semán. A esta diversidad social se sumó una impresionante diversidad generacional.
El Indio logró algo que muy pocas figuras de la cultura popular han conseguido en las últimas décadas. Se transformó en un referente para quienes conocieron a Los Redondos en los años ochenta, para aquellos que los siguieron durante su apogeo en los noventa, y para los jóvenes que nacieron mucho después de la separación de la banda.
Abuelos, hijos y nietos compartieron a lo largo de los años un repertorio simbólico común. Para Avelluto, ahí radica una parte de la explicación de la conmoción actual.
“Fue la banda sonora de la vida de muchas personas. Son las canciones con las que la gente se enamoró, se separó o educó a sus hijos”, explicó. Sin embargo, este fenómeno no se originó únicamente en la nostalgia. Avelluto añadió que Los Redondos construyeron algo que se asemeja a una ética compartida. “Evidentemente esto está relacionado con una actitud ética, de resistencia ante el sistema”, argumentó.
Agregó una observación relevante para comprender por qué la despedida conmovió incluso a quienes no eran seguidores del músico. “Hay dolor en esta cuestión, y ese dolor es muy genuino. Si no, no habría un millón de personas bajo la lluvia esperando para saludarlo y despedirse”.
Más allá de la música, la multitud parecía congregada en torno a una experiencia compartida: una experiencia construida a lo largo de décadas y que pudo sobrevivir a la separación de Los Redondos, al retiro gradual de Solari y a los cambios culturales y políticos que ha atravesado el país.
La pregunta ineludible fue si detrás de esa comunidad cultural coexistía también una identidad política, surgiendo aquí las mayores complejidades.
La dimensión emocional del fenómeno ayuda a entender la magnitud del duelo. Sin embargo, no es suficiente para explicar por qué la muerte del Indio se convirtió también en un hecho político.
Solari nunca fue una figura políticamente neutra. A lo largo de los años, se ha identificado como peronista. Mantuvo vínculos públicos con Cristina Kirchner, la defendió y criticó tanto a Mauricio Macri como a Javier Milei. En los últimos años, sus intervenciones públicas se asociaron al universo político y cultural del progresismo argentino. Sin embargo, la multitud reunida para su despedida parecía abarcar un espectro más amplio que el kirchnerismo y probablemente más amplio que el peronismo en sí mismo.
Aquí surge una de las paradojas más intrigantes del fenómeno. Semán refutó la idea de que existiera una correspondencia automática entre la identidad cultural y la identidad electoral.
“Necesitamos resistir una forma de sociología que asume que comida, voto o música están sistemáticamente vinculados”, señaló. “Lo cierto es que en Argentina, estas experiencias están dispersas en campos tan distantes que el gusto musical o la pertenencia a una comunidad de sentido no dice mucho del voto”. Esta observación apunto a una de las tentaciones que han surgido desde el viernes: interpretar el velorio como una manifestación política contra Milei o como una expresión masiva del kirchnerismo.
Para Semán, la realidad se presenta de manera más compleja. “Probablemente podemos decir que la mayoría de los que estaban allí votan en contra de los libertarios. Pero en este momento, la mayor parte de la sociedad argentina vota contra los libertarios”, aseguró.
Y fue aún más allá. “Algunos de los que están ahí pueden haber votado a Milei y otros lo volverán a hacer”, agregó. Esta afirmación podría haber incomodado a quienes han querido interpretar el fenómeno en términos binarios, pero ayudó a desvelar por qué la despedida del Indio ha generado tantas dificultades para ser entendida.
La comunidad que se reunió en Avellaneda compartía símbolos, referencias y emociones. No necesariamente compartía un comportamiento electoral uniforme. “La gente resiste que le digan: ‘Tú, por ser del Indio, eres kirchnerista’”, explicó Semán.
Esta observación cobra relevancia dada la coyuntura política en la que falleció el músico. Cristina Kirchner, la dirigente con la que Solari decidió identificarse en sus últimos años, ya no se encontraba en condiciones de competir electoralmente. El peronismo se enfrenta a una discusión abierta sobre su futuro liderazgo. Gobernadores, intendentes, sindicalistas y líderes de La Cámpora buscan reestructurar un espacio que durante dos décadas giró en torno a una figura predominante.
Al mismo tiempo, el progresismo argentino ha perdido protagonismo en el debate público. Las ideas, valores y causas con las que el Indio se identificó en gran parte de sus últimos años han sobrevivido en diferentes sectores de la sociedad, pero ya no ocupan el centro del escenario político. Ese espacio hoy pertenece a Javier Milei, y esa es otra de las razones que hacen que este fenómeno sea digno de estudio.
Porque la multitud que se reunió para despedir al Indio parecía expresar una sensibilidad cultural que aún existía, pero cuya traducción política resulta cada vez más tenue.
Esta misma idea fue planteada desde otra perspectiva por Pablo Avelluto. Para el ex secretario de Cultura, la masiva despedida expuso una crisis de representación que atraviesa a gran parte de la oposición. “Hay un electorado sin representación”, sostuvo.
La afirmación no se limitó al kirchnerismo ni al peronismo. Describió una parte de la sociedad que no encontró en Javier Milei una representación de sus valores, pero que tampoco halló una alternativa capaz de entusiasmarla. “Hay personas que dicen: ‘Esto no me gusta, pero no encuentro nada entre la oferta que me entusiasme o que me represente’”, explicó. Esta reflexión conecta con una de las preguntas fundamentales en esta narrativa.
Si una comunidad cultural capaz de movilizar a cientos de miles de personas todavía existe, ¿por qué ninguna fuerza política ha logrado convocarla con la misma fuerza? Para Avelluto, el fenómeno dialoga con otras movilizaciones recientes. Las marchas universitarias, las convocatorias tras el discurso de Milei en Davos o las movilizaciones vinculadas a diversas causas sociales revelan algo similar: ciudadanos que participan sin sentirse necesariamente representados por las estructuras partidarias tradicionales.
“Cada vez hay más gente que se ve en esas movilizaciones que no está alineada en una organización, sindicato o partido político”, observó. Por eso, consideró que reducir el velorio del Indio a una contienda partidaria resulta en perder de vista lo esencial.
“Limitar esto a un fenómeno político es no comprender su verdadera dimensión. Ningún fenómeno partidario en Argentina hoy puede convocar a un millón de personas. Ni del oficialismo ni de la oposición”, afirmó. Esta afirmación encapsula gran parte del dilema.
El dato político más relevante quizás no fue que muchos de los asistentes compartieran ciertas posturas ideológicas. El dato significativo fue la existencia de tal convocatoria. Que una figura cultural que se ha mantenido retirada durante años logró movilizar una energía social que ningún líder político ha sido capaz de generar.
Esta constatación interpela a todo el sistema político. Interpela al oficialismo, puesto que revela la existencia de sensibilidades culturales que muchas veces han observado solo desde la lógica de la confrontación ideológica. Interpela al peronismo, porque demuestra que parte del universo simbólico con el que ha dialogado durante años sigue vivo, mientras sus dirigentes discuten liderazgo, estrategias y candidaturas. A su vez, interpela al progresismo, que ha notado cómo muchas de las banderas culturales que ha defendido durante décadas han permanecido en amplios segmentos sociales, pero ha perdido su capacidad para convertirlas en una propuesta política competitiva.
La reacción del Gobierno ante la muerte de Solari se convirtió también en parte de esa discusión. Para Semán, la Casa Rosada se vio atrapada en una lectura exageradamente ideológica del fenómeno.
“Si hay media Argentina llorándolo, no puedes ausentarte de ese sentimiento”, resumió. El sociólogo consideró que la decisión de mantener distancia del velorio resultó ser contraproducente. “Es más fácil generar antagonismo contradiciendo la sensibilidad popular”, argumentó.
Roy Hora coincidió en que la postura oficial reveló una dificultad para captar la magnitud cultural del suceso. “La inmensa cantidad de gente que se movilizó indica que Solari tocó una fibra muy profunda, que ahora se traduce en amor y afecto en la despedida final”, afirmó el historiador. Al abordar el problema, Hora señaló que la reacia actitud del gobierno nacional en organizar el funeral evidencia cuán limitada y sombría es su percepción de la cultura.
“Parece que solo los que se alinean con su bando merecen reconocimiento”, agregó. Y concluyó con una reflexión sobre el papel institucional del Estado: “El Estado simboliza la unidad de la nación, y por razones mezquinas, faltó a la despedida que todo ídolo popular merece”.
La crítica de Hora se alinea en parte con la de Semán, aunque desde perspectivas distintas. Ambos notaron una desconexión entre la reacción oficial y la magnitud emocional del fenómeno. Sin embargo, también surgió un contrapunto. Alejandro Rozitchner, filósofo cercano al oficialismo y distante tanto de la obra como de las posturas políticas de Solari, presentó una visión diferente.
“A mí nunca me gustó el Indio. Nunca conecté con su arte. Creo que hay muchas obras más importantes en el rock nacional”, admitió. Pero rechazó la retórica de trincheras que ha dominado parte del debate público.
“Tampoco me molesta que muchas personas estén emocionadas por su muerte”, indicó. Y concluyó con un comentario que funcionó como advertencia frente a cualquier intento de apropiación política del fenómeno: “Es absurdo que nos peleemos por música”.
Esta observación es significativa porque recuerda un aspecto que ha emergido en todos los testimonios. La multitud que continuaba llegando a Avellaneda probablemente no constituía una fuerza política organizada. Tampoco una nueva mayoría electoral ni una alternativa de poder en formación. Pero desnudó algo que la dirigencia ha tenido dificultad para observar.
La existencia de una comunidad cultural extensa, marcada por el dolor, la memoria compartida, la crítica a la autoridad y la búsqueda de pertenencia. Una comunidad que ha sobrevivido a la disolución de Los Redondos, al retiro de Solari y a los cambios políticos de las últimas décadas. Y que, durante unas horas, volvió a hacerse visible ante un sistema político que muchas veces parece no saber qué hacer con ella.
La muerte del Indio no alteró el predominio político de Javier Milei ni resolvió los interrogantes que enfrentan el peronismo y la oposición. Sin embargo, expuso una paradoja que ha atravesado Argentina: mientras la representación política se encuentra en una crisis evidente, aún existen comunidades culturales capaces de movilizar emociones, identidades y pertenencias en una escala que ningún partido ha logrado alcanzar.
Este podría ser el mensaje más profundo que dejó la multitud que se reunió para despedirlo: no una consigna electoral ni una candidatura, sino algo más elusivo y por ende más relevante: la persistencia de una Argentina cultural, emocional y simbólica que sigue viva, incluso cuando la política parece no saber qué hacer con ella.















