Los datos surgen de un estudio del Centro de Estudios en Sustentabilidad e Innovación Social (CESIS) de la Universidad Austral y la Fundación Alimentaris, que analizó las características de este mercado y las dificultades que enfrentan las empresas para conseguir financiamiento.
La inversión de impacto se diferencia de la filantropía porque busca combinar resultados sociales o ambientales positivos y medibles con un retorno financiero. Por eso, no se limita a financiar proyectos sin fines de lucro, sino que también incluye empresas con modelos de negocio orientados a generar rentabilidad.
Entre los sectores que concentraron más operaciones durante 2025 se destacaron alimentos y agricultura, con el 32% del total, seguidos por salud, con el 19%, y manufactura, con el 10%. La tecnología, considerada como actividad principal, representó apenas el 4% de las operaciones, aunque tuvo una presencia importante como herramienta aplicada a otros rubros.
De las 36 combinaciones de actividades sectoriales identificadas por los inversores, 28 incluían tecnologías de la información y la comunicación. Quince estaban vinculadas con la salud y 12 con alimentos y agricultura. Esta distribución refleja el uso de soluciones tecnológicas en áreas como salud digital, agricultura regenerativa y biotecnología, donde la inteligencia artificial y otras herramientas se aplican a problemas concretos.
El relevamiento también mostró que el 62% de las organizaciones receptoras se encontraba en etapas tempranas o intermedias de desarrollo: el 29% estaba en fase semilla, el 18% en etapa inicial y el 15% en crecimiento. El 38% restante correspondía a organizaciones maduras.
Las empresas fueron las principales destinatarias del capital y concentraron el 77% de las transacciones. Las cooperativas representaron el 12%, mientras que las organizaciones de la sociedad civil y las fundaciones reunieron el 8%. En cuanto a los instrumentos financieros, la deuda se utilizó en el 61% de las operaciones y la inversión en capital accionario o equity, en el 37%.
Las expectativas de rentabilidad también contradicen la idea de que este tipo de inversiones necesariamente implica resignar beneficios económicos. Según el estudio, el 66% de las operaciones buscaba retornos comparables con los del mercado, el 29% aspiraba a una rentabilidad superior y solo el 5% contemplaba rendimientos por debajo del promedio.
Pese a la disponibilidad de capital, el encuentro entre inversores y empresas continúa siendo uno de los principales desafíos. Entre los inversores consultados, el 42% identificó la insuficiencia de fondos para este tipo de iniciativas como la principal barrera. También señalaron dificultades para medir y gestionar el impacto, obstáculos regulatorios y problemas de rentabilidad en determinados proyectos.
Del lado de las organizaciones que buscan financiamiento, el 40% manifestó dificultades para encontrar inversores que compartan su definición de inversión de impacto. La insuficiencia de capital y los problemas para medir o gestionar los resultados sociales y ambientales fueron mencionados por el 20% de los consultados en cada caso.
La distribución geográfica constituye otro de los desafíos del sector. El 88% de las operaciones se concentró en cuatro jurisdicciones: la provincia de Buenos Aires reunió el 51%, Córdoba el 16%, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires el 14% y Santa Fe el 7%. Esta concentración evidencia una brecha territorial en el acceso a este tipo de financiamiento.
Entre las medidas consideradas prioritarias para desarrollar el mercado, el 28% de las menciones apuntó al fortalecimiento del marco regulatorio e institucional. En segundo lugar, con el 21%, apareció la necesidad de integrar el impacto social o ambiental a la estrategia comercial de los negocios. La formación y el desarrollo de capacidades en el sector concentraron el 17%.
Por último, el 68% de los entrevistados consideró que la medición del impacto tiene importancia estratégica, aunque reconoció dificultades relacionadas con los costos, la complejidad de los procesos y la falta de metodologías estandarizadas.
Los resultados muestran que la inversión de impacto ya cuenta con operaciones en distintos sectores de la economía argentina, pero todavía enfrenta obstáculos para ampliar su alcance. La coordinación entre empresas e inversores, la disponibilidad de instrumentos financieros adecuados y el desarrollo de criterios comunes para medir resultados aparecen como factores centrales para facilitar nuevas inversiones y extenderlas a más regiones del país.
















