El mercado de reproductores de música dedicados ha ido en declive con la aparición del smartphone. La lógica detrás de esta desaparición es clara: ¿por qué necesitar un aparato que solo reproduzca música si un teléfono puede hacer eso y mucho más? Sin embargo, esta cuestión encierra una problemática importante. Porque el smartphone no solo ofrece música: también acceso a redes sociales, notificaciones constantes, aplicaciones, videojuegos y una navegación ilimitada por internet. Para un adulto, estas características pueden ser una ventaja, pero para una niña de once años, representan un verdadero desafío.
En Argentina, la edad promedio en que un niño recibe su primer celular con conexión a internet es de 9,6 años —aproximadamente, al inicio de cuarto grado—, y un 83% tiene acceso a uno antes de cumplir diez años. Estos datos provienen del informe Kids Online Argentina 2025, elaborado por Unicef y Unesco, que abarcó una muestra de 5.910 menores de entre 9 y 17 años en 291 escuelas del país. El 95% de los niños ya cuenta con su propio celular con internet y el 80% se conecta a redes sociales a diario.
No se trata meramente de cifras. Esa edad de 9,6 años también marca el inicio de un nuevo hábito. El mismo estudio reveló que más de la mitad de los estudiantes se distrae con el teléfono en clase y solamente el 60% puede determinar si una página web es confiable. El dispositivo llega a sus manos antes de que tengan las herramientas necesarias para manejarlo adecuadamente.
La acumulación de evidencias sobre el impacto del uso excesivo de pantallas en la niñez se remonta a más de una década. La Organización Mundial de la Salud, la Academia Americana de Pediatría y los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos (NIH) han documentado vínculos entre el uso intensivo de dispositivos y problemas relacionados con el sueño, la atención, la regulación emocional y el desarrollo cognitivo.
Un estudio longitudinal del NIH que siguió a más de 11.000 niños halló que más de siete horas diarias de pantalla provocaban cambios observables en la corteza cerebral y un desempeño inferior en habilidades de lenguaje y pensamiento.
Investigaciones más recientes han refinado este diagnóstico. Un artículo publicado en la revista Journal of the American Medical Association (JAMA) en 2025, que analizó a más de 4.000 adolescentes, identificó que el problema central no radica en la cantidad total de tiempo de uso, sino en el uso compulsivo: el 30% de los niños examinados manifestó patrones de dependencia creciente, y este grupo presentaba de dos a tres veces más probabilidades de tener pensamientos suicidas y sufrir problemas emocionales severos.
Ese mismo año, la OMS reveló que más del 11% de los adolescentes a nivel mundial exhibe comportamientos problemáticos en torno a las redes sociales, señalando que no pueden dejar de usarlas incluso cuando desean hacerlo.












