El egoísmo nace de la carencia, no de un exceso de amor propio
Para Fromm, quien actúa de manera egoísta no se ama demasiado: se ama poco. Esa actitud sería un síntoma de vacío interior, insatisfacción y profundo descontento con uno mismo. Al carecer de amor propio genuino y de seguridad interior, la persona experimenta una angustia persistente y busca “tomar” del mundo y de quienes la rodean todo lo que pueda, como forma de compensar sus propias carencias afectivas.
La dificultad de amar a los demás y la ausencia de un amor propio genuino
Solemos asociar el egoísmo con actuar en función del interés personal y desatender el de los demás. Pero esta conducta también plantea una pregunta: ¿qué ocurre cuando afecta la capacidad de sentir afecto y entregarse a otra persona?
Fromm sostenía que el egoísmo y el amor a uno mismo no son equivalentes, sino ideas opuestas. A su juicio, la persona egoísta no se quiere en exceso, sino que atraviesa una carencia o frustración afectiva. Su conducta funciona como un intento de compensar un vacío interior.
El amor auténtico, además, exige cuidado, respeto, responsabilidad y conocimiento del otro. Quien está concentrado en proteger o satisfacer su propio yo difícilmente logra conectar de verdad con las necesidades ajenas. Allí aparece una paradoja: quien solo piensa en sí mismo vive en una insatisfacción constante. Al no poder entregarse ni amar genuinamente a los demás, tampoco consigue experimentar un amor verdadero hacia sí mismo.














