En Estados Unidos, el rendimiento del bono del Tesoro a 30 años alcanzó el 5,31%, marcando un máximo desde 2007, mientras que la tasa del título a 10 años se situó en aproximadamente 4,78%.
Este aumento puede parecer atractivo para quienes buscan ingresos en dólares, pero también puede generar confusión común.
Cuando los medios informan que “suben los bonos”, se refieren a un incremento en sus rendimientos, no a una apreciación de los títulos. De hecho, el precio de un bono y su rentabilidad se mueven en direcciones opuestas: si el precio baja, quien lo adquiera tendrá acceso a un rendimiento potencial más elevado.
Es fundamental entender que un aumento en las tasas puede significar una pérdida para quienes ya poseen bonos y necesitan venderlos, mientras que representa una oportunidad para los nuevos inversores que buscan un rendimiento más alto. El impacto depende del momento de compra, la duración seleccionada y la necesidad de liquidar el capital antes del vencimiento.
Los bonos del Tesoro son herramientas de deuda emitidas por el gobierno estadounidense. Al adquirir uno de estos títulos, el inversor presta dinero al Estado a cambio de pagos futuros determinados. Debido a la capacidad financiera y tributaria del gobierno de EE.UU., estos instrumentos son comúnmente utilizados como referencia de la denominada tasa libre de riesgo en dólares, aunque esto esté relacionado principalmente al riesgo crediticio, sin implicar que su precio no pueda caer.
El Tesoro emite instrumentos con diferentes plazos. Las letras, conocidas como Treasury bills, tienen vencimientos de entre cuatro y 52 semanas y generalmente no ofrecen un cupón periódico: se adquieren con descuento y al vencer devuelven su valor nominal. Las notas, o Treasury notes, tienen plazos de dos a 10 años, mientras que los bonos, denominados Treasury bonds, vencen a 20 o 30 años. Tanto las notas como los bonos pagan intereses cada seis meses.
Para entender la relación entre precio y rendimiento, imaginemos el alquiler de una propiedad. Si una propiedad cuesta USD 100.000 y genera un alquiler anual de USD 4.000, su rendimiento es del 4%. Si el alquiler se mantiene sin cambios pero el precio de la propiedad disminuye a USD 80.000, el rendimiento asciende al 5% en relación con el nuevo valor. Aunque el ingreso anual no aumentó, su relevancia respecto al nuevo precio de compra sí lo hizo.
Supongamos que un título tiene un valor nominal de USD 1.000 y paga USD 30 de intereses anuales. Ese pago, conocido como cupón, se estableció al momento de la emisión y no cambia, independientemente de cómo se negocie el bono en el mercado posteriormente. Si surgen nuevos instrumentos comparables que ofrecen USD 50 anuales por cada USD 1.000, pocos compradores pagarán el valor completo por el viejo bono que solo entrega USD 30. Para que vuelva a ser competitivo, su precio deberá bajar.
El cupón indica la tasa de interés que el título paga sobre su valor nominal, en tanto que el yield relaciona los pagos futuros con el precio abonado efectivamente. El rendimiento al vencimiento incluye tanto los intereses como la diferencia entre el precio de compra y el capital que se recuperará al final, bajo ciertas condiciones.
Por lo tanto, que el bono estadounidense a 30 años presente un rendimiento del 5,31% no significa que todos los títulos de ese plazo paguen un cupón de 5,31%, ni que el inversor reciba exactamente ese porcentaje en efectivo anualmente. Es una tasa de mercado calculada a partir de los precios y flujos del bono de referencia.
El incremento actual responde a una combinación de política monetaria, inflación y tensiones geopolíticas. En un reciente discurso, el presidente de la Reserva Federal, Kevin Warsh, adoptó un tono más restrictivo, resaltando el control de la inflación como una prioridad del banco central. Tras sus declaraciones, el mercado elevó a cerca del 60% la probabilidad de un aumento de tasas en septiembre.
Cuando los inversores anticipan que la Fed aumentará la tasa de referencia o la mantendrá alta durante más tiempo, los bonos ya existentes pierden atractivo relativo. Para competir con nuevas alternativas a corto plazo, sus precios deben bajar y sus rendimientos aumentar.
Además, el recrudecimiento del conflicto con Irán ha llevado el petróleo a superar los USD 90 por barril. La energía impacta de forma directa o indirecta en los costos de transporte, producción y distribución, por lo que un aumento persistente puede dificultar la desaceleración de la inflación. Si los inversores temen un aumento en los precios, exigirán un rendimiento nominal más alto para mantener bonos a largo plazo.
Sin embargo, la respuesta de los bonos ante un conflicto geopolítico no es siempre la misma. En otros momentos, la búsqueda de activos considerados seguros puede resultar en un aumento de la compra de títulos del Tesoro, elevando sus precios y reduciendo sus rendimientos.
En el contexto actual prevalece el temor de que un petróleo más caro eleve la inflación y obligue a mantener una política monetaria restrictiva.
En los plazos largos también intervienen factores más allá de la decisión inminente de la Fed. Las proyecciones sobre inflación y crecimiento para las próximas décadas, el volumen de deuda que debe emitir el Tesoro, así como la compensación adicional que reclaman los inversores por mantener capital inmovilizado durante periodos prolongados, también afectan la formación del rendimiento a 20 o 30 años.
Para aquellos que aún no han invertido, el descenso en los precios permite acceder a rendimientos superiores a los que estaban disponibles antes del ajuste. Esta oportunidad se encuentra tanto en nuevas emisiones, cuyos cupones se fijan de acuerdo con las condiciones actuales en las subastas, como en bonos antiguos que ahora cotizan con descuento.
La opción más conservadora ante la incertidumbre tiende a centrarse en vencimientos cortos. Las letras y los fondos que invierten en deuda a corto plazo poseen una sensibilidad relativamente baja a los cambios en las tasas, ya que el capital se recupera o reinvierte rápidamente. Sin embargo, su principal riesgo es otro: si las tasas disminuyen al vencimiento, el capital deberá reinvertirse a una rentabilidad más baja.
Los instrumentos de plazos intermedios permiten mantener un rendimiento disponible durante más tiempo, pero conllevan mayores variaciones de precio. En los bonos largos, la exposición es aún más pronunciada. Si los rendimientos comienzan a decrecer, un título a 20 o 30 años se puede revalorizar significativamente. En contraste, si continúan en aumento, también podría experimentar pérdidas considerables.
Aunque se expresa en años, la duración no es simplemente el tiempo restante hasta el vencimiento, sino una estimación de cuánto puede fluctuar el precio ante un cambio en las tasas. Por lo general, a mayor duración, más intensa es la reacción del bono.
El inversor tiene la opción de adquirir títulos individuales o utilizar ETF que mantengan carteras de bonos del Tesoro. Un ETF de corto plazo puede incluir letras o títulos con vencimientos de hasta tres años, mientras que otros fondos se centran en tramos de siete a 10 años o superiores a 20 años. Estos vehículos permiten diversificar entre numerosas emisiones y suelen negociarse con la misma facilidad que una acción, siempre que el intermediario ofrecido permita acceso al mercado correspondiente.
Un bono individual tiene una fecha de vencimiento específica y, si se mantiene hasta ese momento, devuelve su valor nominal, siempre que el emisor cumpla. En cambio, un ETF renueva constantemente su cartera para mantener el rango de vencimientos establecido y no tiene una fecha en que el inversor recupere necesariamente un capital predeterminado. Su precio puede seguir fluctuando durante el tiempo que permanezca en cartera.
Asimismo, los ETF reciben los intereses de los bonos que componen la cartera, descuentan sus gastos y distribuyen ingresos según su política. Así, antes de realizar operaciones es importante observar qué vencimientos incluye el fondo, cuál es su duración, qué rendimiento promedio ofrece la cartera y qué comisiones cobra.
Otra alternativa es crear una escalera de vencimientos, diversificando el capital en títulos que devuelvan el dinero en fechas diferentes. Esta estructura previene la concentración de toda la inversión en una única tasa y facilita una reinversión gradual. Si los rendimientos continúan subiendo, una parte del capital podrá destinarse posteriormente a tasas más elevadas. Si bajan, otra fracción ya estará invertida a lo largo de un plazo más extenso.
El hecho de que los rendimientos se encuentren en máximos de varios años no implica que hayan alcanzado un techo. Un nuevo aumento de tasas, una inflación más persistente o un deterioro fiscal podrían provocar otra caída de precios, especialmente en los instrumentos de mayor duración.
Aquellos que mantengan un bono individual hasta su fecha de vencimiento conocen los pagos nominales que recibirán, sin embargo, quienes vendan anticipadamente estarán sujetos al precio vigente en ese momento.
La pérdida de mercado de un bono más antiguo no altera su cupón ni su valor nominal, aunque puede transformarse en una pérdida efectiva si se liquida la posición.
Una tasa nominal del 5% no equivale de forma automática a una ganancia real del 5%, ya que debe compararse con el aumento de los precios en Estados Unidos. Si la inflación es alta, el poder adquisitivo de los intereses y el capital recuperado se verá reducido.
Finalmente, una tasa más elevada no debería ser evaluada de manera aislada. El plazo durante el cual el capital puede estar invertido, la necesidad de liquidez, la tolerancia a las fluctuaciones y el vehículo elegido son elementos igualmente importantes como el rendimiento anunciado.
El movimiento actual presenta una oportunidad para obtener mayores rentas en dólares, pero aprovecharla adecuadamente requiere seleccionar el vencimiento que mejor se ajuste al objetivo, en lugar de perseguir de manera automática la tasa más alta disponible.
















