En ese marco, Victoria Camps, filósofa española de 85 años, reclamó que se recupere la disciplina en las aulas. También alertó sobre los efectos de su debilitamiento y sobre el uso de teléfonos celulares durante las clases.
En el programa Vidas Ajenas, Camps describió la educación actual como “excesivamente amable” y señaló que el temor a traumatizar a los alumnos llevó a restarle importancia a la disciplina. “Hemos perdido la disciplina en las aulas y eso tiene consecuencias en la educación”, afirmó la catedrática emérita, especializada en ética y filosofía política.
En su libro La sociedad de la desconfianza, la pensadora desarrolla una idea más amplia de la tarea educativa: no alcanza con acompañar los deseos de los jóvenes. También es necesario transmitir criterios, fijar límites y enseñar que las decisiones no tienen que estar guiadas siempre por lo que se quiere en un momento dado.
Camps puso en cuestión una concepción de la libertad limitada a poder hacer todo aquello que la ley no prohíbe. “Yo soy libre de hacer todo lo que me dé la gana, salvo lo que las leyes me prohíben hacer”, explicó al describir la llamada libertad negativa.
A su entender, esa definición no basta si no se consideran las decisiones propias y sus efectos. “El dejarse llevar es ir a la deriva”, resumió.
La formación del carácter, sostuvo, ocupa un lugar fundamental en la educación moral. Al retomar a Aristóteles, señaló que los jóvenes toman como referencia a los adultos en aquello que creen que merece ser imitado. De ese modo, las acciones cotidianas de los mayores ofrecen modelos a las nuevas generaciones.
Camps advirtió que, cuando las familias y las instituciones dejan de brindar referencias nítidas, otros ámbitos pasan a cumplir esa función. Entre ellos mencionó las redes sociales, la publicidad, los creadores de contenido y el entorno digital, que se convierten en espacios de aprendizaje e imitación.
La filósofa aclaró que la disciplina, por sí sola, no asegura una educación adecuada. Sin embargo, defendió la necesidad de establecer límites, promover la responsabilidad y ayudar a formar criterios propios para afrontar los desafíos actuales.
Pese a sus reparos, no presentó una visión desesperanzada. “Un mundo sin esperanza no es un mundo humano”, sostuvo, y afirmó que es posible recomponer los lazos sociales y volver a confiar en los demás.
Según explicó, la confianza se debilita cuando los hechos contradicen las palabras, las promesas quedan incumplidas y las decisiones no llegan a concretarse. El problema, señaló, se manifiesta tanto en las instituciones como en la vida diaria.
También se refirió a las contradicciones de una sociedad desigual. Como ejemplo, recordó que durante la pandemia varios de los empleos definidos como esenciales eran, al mismo tiempo, los peor pagados. Esa situación dejó en evidencia la brecha entre el reconocimiento social de esas tareas y la remuneración de quienes las desempeñan.
Las reflexiones de Camps proponen revisar qué implica vivir en libertad y qué obligaciones supone integrar una comunidad. Consultada sobre la capacidad humana para convivir, respondió: “Poder, podemos. Otra cosa es que queramos”.














