Su paso por la carrera tuvo episodios singulares. Durante los últimos años, la cercanía entre estudiantes y docentes era tal que incluso compartían partidos de pádel. Al recibir el título, Feldman se encontró con una medalla que tenía una inscripción equivocada. “Pensaron que era un error que dijera biotecnólogo y pusieron bromatólogo”, cuenta, entre risas.
Después de doctorarse en la Argentina, siguió su formación en Europa, trabajó en Canadá y se radicó en los Estados Unidos. Hoy es profesor de Microbiología Molecular en la Escuela de Medicina de la Universidad de Washington en St. Louis. Allí dirige investigaciones sobre los mecanismos que permiten a las bacterias causar enfermedades y resistir tratamientos. También es cofundador de Omniose, una empresa biotecnológica enfocada en crear vacunas contra infecciones bacterianas.
Feldman volvió al país para participar en Crossing Over LATAM BioExpo, una reunión de científicos, emprendedores, inversores y representantes de la industria biotecnológica. El encuentro, considerado un hito para el ecosistema local, convocó a más de 3000 personas. Después de su presentación, decenas de estudiantes se acercaron a saludarlo. Algunos habían viajado desde Río Negro y vendido rifas para costear la asistencia. Durante cerca de media hora, el investigador se sacó fotos con jóvenes científicos. “Me sentí como Robbie Williams”, bromeó, sorprendido por la recepción que tuvo su visita.
Más allá del humor, una inquietud atraviesa buena parte de la labor de Feldman: las bacterias adquieren resistencia a los antibióticos disponibles y la búsqueda de nuevos tratamientos no avanza al mismo ritmo. A menudo caracterizado como una “pandemia silenciosa”, el fenómeno amenaza con hacer cada vez más difícil el tratamiento de infecciones que durante décadas pudieron controlarse con medicamentos.
Feldman explicó por qué, a su juicio, el problema requiere un cambio de estrategia y qué alternativas investiga la ciencia.
—¿Por qué se considera que la resistencia a los antibióticos es una pandemia silenciosa?
—Porque es un problema enorme que está creciendo y que no recibe la atención que debería. Durante mucho tiempo nos acostumbramos a pensar que, frente a una infección bacteriana, siempre iba a existir algún antibiótico capaz de resolverla. Pero las bacterias evolucionan, desarrollan mecanismos de resistencia y pueden llegar a volverse insensibles a prácticamente todos los medicamentos que tenemos disponibles.
A diferencia de lo que ocurrió con el coronavirus, no estamos hablando de un único microorganismo que aparece y se propaga rápidamente, sino de muchos patógenos que van acumulando resistencia. El proceso es menos visible, pero sus consecuencias pueden ser muy graves. Ya existen infecciones para las que las opciones terapéuticas son extremadamente limitadas.
—¿Qué hace que algunas bacterias sean tan difíciles de eliminar?
—Las bacterias tienen una capacidad extraordinaria para adaptarse. No solamente pueden desarrollar resistencia mediante mutaciones, sino que también intercambian material genético. Existen elementos llamados plásmidos que pueden transportar genes de resistencia y pasar de una bacteria a otra. Eso significa que un mecanismo que protege a una bacteria frente a un antibiótico puede terminar extendiéndose a otras.
En nuestro laboratorio trabajamos especialmente con Acinetobacter baumannii, una bacteria asociada a infecciones graves, particularmente en el ámbito hospitalario. Es un microorganismo que puede resistir múltiples antibióticos y que representa un desafío muy importante para pacientes vulnerables. Además, estamos descubriendo que algunas bacterias pueden persistir en lugares del organismo donde resulta más difícil detectarlas o eliminarlas.
El problema no es solamente encontrar un medicamento que mate a una bacteria en el laboratorio. También necesitamos entender cómo se comporta durante una infección, dónde puede esconderse y qué mecanismos utiliza para sobrevivir.
—Si la amenaza es tan importante, ¿por qué no se desarrollan más antibióticos nuevos?
—Hay una dificultad económica muy grande. Desarrollar un medicamento requiere años de investigación, ensayos clínicos e inversiones enormes. Pero cuando aparece un antibiótico nuevo contra bacterias muy resistentes, lo que se busca es reservarlo para los casos en los que realmente se necesita. Desde el punto de vista sanitario, eso es lo correcto, porque queremos evitar que se genere resistencia rápidamente.
El problema es que, desde el punto de vista comercial, una empresa invierte muchísimo dinero en desarrollar un producto que después se intenta utilizar lo menos posible. Es un modelo que desalienta la inversión privada. Por eso, si queremos nuevos antibióticos, necesitamos mecanismos de financiamiento e incentivos diferentes, con una participación importante de los Estados.
Además, desarrollar un antibiótico no resuelve definitivamente el problema. Las bacterias van a seguir evolucionando. Por eso es fundamental investigar estrategias complementarias.
—¿Qué alternativas se investigan para combatir las infecciones sin depender exclusivamente de los antibióticos?
—Una de las líneas que estudiamos consiste en atacar los factores de virulencia de las bacterias. Es decir, los mecanismos que utilizan para producir una enfermedad. La idea no es necesariamente matarlas, como hace un antibiótico tradicional, sino impedir que puedan causar daño.
Por ejemplo, hay bacterias que necesitan adherirse a determinadas células para iniciar una infección. Si logramos bloquear ese proceso, podríamos dificultar que se establezcan en el organismo. También podemos estudiar cómo interfieren con las defensas del huésped o qué estructuras necesitan para producir una enfermedad.
Es una estrategia interesante porque, al no buscar necesariamente la eliminación directa del microorganismo, podría modificar las presiones que favorecen la aparición de resistencia. Pero todavía hay mucho trabajo por delante. Necesitamos demostrar que estos mecanismos funcionan y que pueden traducirse en tratamientos seguros y eficaces para las personas.
—Usted también desarrolló una plataforma para producir vacunas contra bacterias. ¿En qué consiste la innovación?
—Durante muchos años estudiamos cómo las bacterias producen y transfieren determinados azúcares a las proteínas. Era una investigación básica, orientada a entender un proceso biológico. Con el tiempo descubrimos que ese conocimiento podía aprovecharse para desarrollar una nueva manera de fabricar vacunas.
Muchas vacunas bacterianas utilizan componentes de la superficie de los microorganismos, como los polisacáridos, unidos a proteínas que permiten generar una respuesta inmunológica más eficaz. Tradicionalmente, esa unión requiere procesos químicos que pueden ser complejos. Nuestra tecnología permite realizar parte de ese proceso utilizando la propia maquinaria biológica de las bacterias.
A partir de esa investigación fundamos Omniose, que trabaja en el desarrollo de vacunas contra distintos patógenos bacterianos y mantiene una colaboración con AstraZeneca. El objetivo es facilitar la producción de nuevas vacunas y ampliar las posibilidades de prevención. Si podemos evitar determinadas infecciones, también podemos reducir la necesidad de utilizar antibióticos.
—Después de desarrollar buena parte de su carrera en el exterior, ¿cómo ve el presente y el futuro de la biotecnología argentina?
—La Argentina tiene recursos humanos extraordinarios. La formación científica es muy buena y eso se comprueba cuando los investigadores argentinos trabajan en laboratorios del exterior. Hay talento, creatividad y capacidad para resolver problemas complejos. Pero la ciencia necesita continuidad y financiamiento.
Una investigación no se construye de un día para otro. Formar científicos, sostener laboratorios y transformar descubrimientos en aplicaciones concretas requiere muchos años. Cuando se interrumpe ese proceso, recuperar lo perdido puede ser muy difícil.
En Estados Unidos, por ejemplo, existen mecanismos de financiamiento público que permiten a pequeñas empresas desarrollar tecnologías que todavía están lejos de convertirse en productos comerciales. Omniose recibió alrededor de 15 millones de dólares en subsidios de investigación. Ese apoyo es fundamental para que descubrimientos surgidos en una universidad puedan avanzar hacia aplicaciones médicas.
En la Argentina también hay oportunidades de vincular la investigación pública con el sector privado. Pero para aprovecharlas se necesita una estrategia sostenida. El talento por sí solo no alcanza si no existen las condiciones para que los proyectos crezcan y los investigadores puedan desarrollar sus carreras.
















