La selección desafía a su destino, se enfrenta a la adversidad y persuade incluso a la muerte para que posponga su llegada. Derrotar al campeón requerirá un coraje excepcional. España tiene muchas virtudes, y el verdadero desafío será si puede descubrir todo lo que necesita.
¿Qué tal si se entrena el carácter como si fuera una táctica más en la cancha? No es posible. La personalidad no se adquiere de una receta en la farmacia. Sin embargo, el ánimo de pertenencia, la valentía y la dedicación son cuestiones que se pueden fomentar. Esa atmósfera se siente detrás del gol de Enzo Fernández en el minuto 85 y del centro de Lionel Messi para Lautaro Martínez en el 92. Esas cuestiones se trabajan desde el liderazgo, y este equipo ha aprendido a evitar el fatalismo. Una victoria puede ser cuestión de suerte, dos puede ser casualidad, pero las que siguen son el resultado de una convicción.
Todo empezó hace tiempo, en esos momentos donde se forja la gloria sin que nadie se percate. Scaloni, el 8 de agosto de 2018, expresó: “La idea nuestra es buscar una manera de sentir la camiseta de Argentina. Les hicimos entender a estos chicos que por arriba de la selección no hay nada. Que no existe Real Madrid, no existe nada… Estamos en una reconstrucción total y ojalá nuestro fútbol vuelva a estar donde se merece”. Esa declaración se ha convertido en un mantra, resonando hasta el presente. Era una promesa en un momento en que no había certezas, pero más que un cargo, era un gesto lleno de intención. Justo después de consagrarse campeón del torneo Sub 20 de L’Alcúdia, pidió a Pablo Aimar que lo acompañara para la foto, y ya en ese entonces consideraba que la clave era la unión. Scaloni se muestra auténtico, se equivoca como cualquier ser humano y, a diferencia de otros, reconoce sus errores y actúa.
Esa frase clave que sintetiza su filosofía acerca de la selección se pronunció en un momento de incertidumbre. La historia demuestra un deseo inquebrantable, muy similar al que tiene esta selección. Todo se conecta. Tras el colapso en Rusia 2018, Scaloni aterrizó en Ezeiza el 16 de julio y se encargó de reparar un desastre, haciendo frente al fracaso que había dejado Jorge Sampaoli, al borde del ridículo en un tradicional certamen juvenil.
La lista original presentada por Sebastián Beccacece, que iba a dirigir a este equipo, conservó solo siete nombres tras su salida. En ese entonces, estar vinculado a la selección no era políticamente aconsejable. Hubo solo ocho días de entrenamientos y escasa colaboración de los clubes. La aventura culminó con un título, venciendo 2 a 1 a Rusia en el alargue. Iniciaron el partido en desventaja debido a un cabezazo de Diveev, pero Facundo Colidio, quien fue el jugador más destacado, empató y luego Alan Marinelli definió gracias a un centro de Facundo Mura. Entre los premios individuales, Jerónimo Pourtau fue elegido el mejor arquero por su actuación decisiva en semifinales. Compartiendo el sufrimiento, pero, ¿no suena familiar?
“Esperemos que nuestro aporte sirva para que Argentina vuelva a lo más alto”, decía Scaloni, ansioso por un futuro que aún no imaginaba junto a su familia en las gradas. Aquella semilla fue creciendo, formando un fuerte sentido de pertenencia alrededor del equipo.
Cuando los jugadores parecen un grupo indomable, es porque hay una historia previa. “Los inmortales”, ese título acuñado por un medio francés para describir la victoria sobre Inglaterra, alude a personas dispuestas a enfrentar cualquier desafío. Ellos persisten y no se amedrentan, son de una esencia única. Su cuerpo técnico ha enfrentado sus propias batallas, cargando experiencias dolorosas. Walter Samuel, poco dado a hablar en público, compartió una reflexión valiosa en un streaming: “No dejen que otros vivan lo que ustedes vivieron. No regalen títulos. Cuando hay una oportunidad… Nunca se sabe cuándo será el último título que van a ganar, así que hay que salir a buscarlo”. ¿Se entiende de dónde proviene ese fervor?
Pablo Aimar, con una notable capacidad de análisis y nobleza, anticipaba: “Formar es también hacer entender que la selección argentina es River y Boca, y que empatar no es una opción. No solo se trata de ganar, hay que ser educados y respetuosos. Si no ganás, la gente espera resultados”. El camino estaba claro. Surge entonces la pregunta: ¿se puede entrenar el carácter? Merece cuestionarse esa afirmación inicial.
“Somos Argentina, así somos… En mi categoría en Estudiantes de Río Cuarto solo se podía ganar; en River, no se empata; había que ganar. En el Valencia, aunque no era el más grande, debía ganar; y en Benfica, menos de dos goles no acepta”, enfatiza Aimar. Uno se acostumbra a esa presión. Así se entrena la mentalidad: la victoria es la única opción. Y en esa dinámica se forja el campeón, en un entorno donde pocos se atreven a pisar.
















