Desde una perspectiva centrada en la gestión emocional, Robbins subrayó que la mejora de estas relaciones no proviene de una transformación externa, sino de un cambio interno por parte del individuo: “La gente es quien es y tenés que aprender a amarlas por quienes son, no por quienes deseas que sean”.
Según Robbins, con el paso del tiempo, las personas suelen consolidar sus personalidades: “La mayor cantidad de gente, más vieja, se vuelve más rígida”, afirmó. Esta observación es especialmente relevante para aquellos que mantienen expectativas de cambio sobre sus padres, a menudo sin considerar que el deseo de mejora puede verse frustrado por la falta de voluntad o necesidad de transformación en la generación anterior.
En este contexto, señaló: “Tus padres probablemente no han ido a la terapia, ni quieren. Los problemas que ves, que deseás que cambien o mejoren, han estado ahí para siempre. No están cambiando”.
Ante esta situación, la especialista sugiere un ejercicio potente: adoptar una postura más compasiva al reflexionar sobre el pasado de los padres. “Y algo que me ha ayudado a desarrollar un nivel de aceptación y amor con mis amigos: es decirme que me dieron todo lo que pudieron basado en su experiencia de vida”.
Si bien el cambio directo en el otro no es algo garantizado, la experta advierte que la dinámica relacional tiene una plasticidad interna que depende exclusivamente de la conducta propia. Esto, según Robbins, sucede “cuando operás sabiendo que la persona no va a cambiar”.
En su experiencia, el cambio en la forma de vincularse habitualmente produce resultados positivos: “Y lo que he encontrado, de vez en cuando, es que, la segunda vez que cambio cómo me muestro en una relación, la relación cambia para mejor”, finalizó.















