En su reflexión, el docente destacó cómo esta disciplina presenta una opción ante la obligación de transformar cada acción en una fuente de energía o beneficio.
“Hay algo en ese rendimiento, rendimiento como rentabilidad, donde cada paso que damos tenemos que aprovecharlo, generar una ganancia, que nos produzca algún tipo de acumulación. Y me parece que esa es una manera de pensar la vida, tampoco la juzgo, digo, a mí es una manera que no me, no me interpela, me interpela mucho más”, subrayó.
Según el experto, el ejercicio del pensamiento invita a desafiar los conceptos convencionales y buscar visiones más sensibles y críticas ante una realidad predecible: “La utilidad, la planificación, un determinado tipo de ser humano más asociado al mundo de lo productivo, cuando pensamos la felicidad o el amor en esos términos, hay algo que se pierde”.
Sztajnszrajber también citó a varios pensadores para ilustrar su perspectiva sobre la vida y se refirió a Epicuro en su análisis de la felicidad, que el filósofo definía como la imperturbabilidad del alma.
“Epicuro decía que la felicidad, la ataraxia epicúrea es la imperturbabilidad del alma. Muy ligado a esta idea de poder encontrar que nada de algún modo nos saque de cierto eje, de cierta paz interior, de cierta tranquilidad”, explicó el filósofo, quien continuó: “Para Epicuro lo que más nos perturban son las dependencias, y esas dependencias se estructuran a partir de lo que él llama los falsos infinitos, que es pensar que las cosas duran para siempre”.
Para ejemplificar, Sztajnszrajber indicó que en una relación amorosa, las personas tienden a mostrar dependencia, lo mismo que ocurre con las posesiones, ya que el individuo se angustia ante la posibilidad de que algo se rompa. A este respecto, señaló: “Epicuro está tratando de asociar la felicidad con un placer, pero con un placer por las cosas mínimas. Él decía, huye del dolor, busca el placer. Incluso si hay contradicción entre ambas, ser feliz es que no duela, para resumirlo así”.
El filósofo cuestionó la noción de que la vida deba regirse por la máxima del rendimiento continuo, y sostiene que la existencia es demasiado corta como para dedicarla exclusivamente a la acumulación de logros.
“Un día nos damos cuenta, empezamos a preguntarnos para qué estamos y más o menos cuando nos empezamos a dar cuenta, el tiempo en su brevedad se nos termina. Imaginate si toda nuestra existencia tendría que estar absolutamente configurada, bajo la máxima o el precepto de la utilidad”.
En esta línea agregó: “Entonces, esa recuperación de lo inútil abre otras perspectivas, por ahí personas que no hacen filosofía, depende el criterio con el que uno evalúa, la pasan mejor”.
En lugar de eso, aboga por una filosofía del escape, que busca reconciliar al individuo con lo inútil y lo inesperado: “Me interesa pensar ser libre más como en el intento de ir liberándonos de las diferentes formas que nos han hecho. En las que estamos apresados, yo no sé si hay una forma en la cual uno finalmente escape completamente”.
“Hacer filosofía es rascarse donde no pica. Porque de alguna manera el mundo en el que vivimos ya establece coordenadas previsibles. Me pica, ergo, me rasca. Rascarse donde no pica, es tratar de salirse de lo que se espera que uno haga. Y ese salirse de la previsibilidad para mí es una de las formas de la libertad”, concluyó.















